Nacional
Crianza de criminales: La juventud que elige el narco como futuro en sus manos.
En México, mientras el crimen organizado entrena a jóvenes para ser sicarios, el Gobierno promueve un programa de becas que no logra frenar esta alarmante realidad.
Entrenamiento criminal en las calles de México
En las calles de vastas ciudades y en los rincones olvidados del país, adolescentes de apenas 15 y 16 años son adoctrinados en prácticas que van desde la identificación de patrullas hasta el manejo de armas largas, la vigilancia nocturna y la emboscada de enemigos. No se trata de un capricho de una sociedad desquiciada; es la cruda realidad que el crimen organizado ofrece a miles de jóvenes en México, un «plan de vida» que comienza con el halconeo y culmina en la conversión de estos menores en sicarios a sueldo del narco.
La imagen distorsionada del Gobierno
Mientras cientos de niños se suman al engranaje del crimen organizado y proliferan los actos de violencia en el país, el Gobierno de México se atreve a anunciar su propio “programa de capacitación”: Jóvenes Construyendo el Futuro. Este esfuerzo, creado bajo la administración de Andrés Manuel López Obrador, ha recibido más de 134 mil 600 millones de pesos destinados a evitar que los jóvenes sin educación ni empleo se deslicen hacia conductas antisociales. Sin embargo, el fracaso de este proyecto es abrumadoramente evidente.
Un remedio ineficaz para un problema real
La entrega masiva de becas, carentes de un enfoque territorial y sin un seguimiento eficaz, ha convertido el programa en una herramienta clientelar completamente ineficaz, que no ha logrado impactar en las comunidades donde el narco tiene un control fuerte. Este déficit se agudiza en los primeros meses de la gestión de Claudia Sheinbaum, con 87 menores detenidos en operativos contra el narcotráfico, sobre todo en Sinaloa, cuna del cártel de Joaquín «El Chapo» Guzmán e Ismael «El Mayo» Zambada. En este contexto, la demanda de reemplazo de efectivos caídos en conflicto es inminente.
Una alternativa al abandono institucional
Estamos hablando de jóvenes que en lugar de completar su educación secundaria, están entrenándose para manejar vehículos robados y realizar tareas de mensajería para grupos criminales. Algunos de ellos, desafortunadamente, han recibido su primer salario como sicarios antes de ingresar a la preparatoria. Organizaciones no gubernamentales como Reinserta y la Red por los Derechos de la Infancia en México (Redim) alertan que muchos de estos adolescentes no se unieron al crimen por elección, sino que fueron captados a la fuerza.
Las estadísticas silenciadas por el Gobierno
Aunque no existen cifras oficiales concretas, se estima que en los últimos seis años alrededor de 30 mil menores han sido absorbidos por el crimen organizado. Esta falta de información no es casualidad. El Gobierno se niega a medir lo que no desea reconocer, dejando a la sombra el fracaso de programas como Jóvenes Construyendo el Futuro, diseñados con una visión de cantidad en lugar de calidad. Los beneficiarios, dispersos a lo largo del país, no logran revertir la situación en los infames corredores de violencia en Guerrero, Michoacán, Zacatecas o Sinaloa; estos territorios siguen siendo semilleros del narco.
El narco sabe cómo captar talento
Un joven en una comunidad dominada por un cártel no busca una beca genérica. Necesita seguridad, oportunidades reales de educación, empleo digno, y que el Estado demuestre su presencia antes de que suene el primer disparo. Mientras el gobierno despilfarra recursos en iniciativas clientelistas, el crimen organizado no pierde el tiempo. Recluta a la juventud donde el Estado se encuentra ausente, ofreciendo ingresos inmediatos y, en ciertos contextos, «respeto» y protección. En cuestión de semanas, un adolescente puede evolucionar de ser un mensajero a planear y ejecutar ataques armados.
Una generación sin futuro
Mientras México sigue priorizando programas en vez de estrategias públicas sostenidas, el ciclo perverso continuará. De un lado, el Gobierno despacha becas; del otro, el narco reparte armas. Y en medio de esta compleja dualidad, una generación entera está pagando el precio del abandono institucional, no solo con su futuro, sino, trágicamente, con sus vidas.

